He tocado fondo y me gusta, me gusta ahogarme en ese vaso de agua que no está ni lleno: ¿por qué tan masoquista?, pensará usted. Y es que cuando me ahogaba y me faltaba el aire, caí en la cuenta que es esa la única forma que tenemos de tocar el suelo, de pisar tierra con nuestros pies y ojalá guardar un puñadito en el bolsillo para recordar que el suelo existe al salir nuevamente a la superficie.
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